El aire dentro de la cabina telefónica olía a orina rancia, tabaco negro y desesperación acumulada durante décadas. El cristal estaba rajado, cubierto de una pátina de grasa y pegatinas descoloridas que anunciaban servicios de taxis ilegales y tarotistas.
Carmen Vargas, la mujer que solía firmar contratos multimillonarios con plumas estilográficas de oro, ahora peleaba con un puñado de dírham sucios, intentando introducirlos en la ranura atascada del teléfono público.
Clinc. Clinc. Clinc.
Las m