El silencio que siguió a la tormenta no trajo paz. Trajo un eco.
Elena Vargas estaba de pie en el centro del salón, con una escoba en la mano, barriendo los fragmentos de la taza de té que Rafael había dejado caer horas antes.
Cling. Cling.
Los trozos de cerámica blanca chocaban entre sí al entrar en el recogedor. Eran el sonido de una vida doméstica que se había roto antes de empezar.
El apartamento de Gracia, que por la mañana parecía un refugio luminoso y prometedor, ahora se sentía como una