La maleta negra de lona no rodó por el pasillo del nuevo apartamento. Voló.
Salió despedida con una fuerza nacida de la traición pura, girando en el aire hasta chocar contra la pared del recibidor con un ruido sordo y violento, derribando el único cuadro que habían colgado esa mañana. La cremallera, mal cerrada, reventó bajo el impacto.
Camisetas, vaqueros y cables de ordenador se esparcieron por el suelo de madera como las vísceras de una vida en común que acababa de ser destripada.
—¡Fuera! —