El sonido de la llamada encriptada era un gorgoteo digital inestable, una serie de bips y estática diseñados para rebotar la señal a través de servidores en Singapur, Reikiavik y Panamá antes de llegar a su destino final en Zúrich.
Rafael Montoya estaba sentado frente a su portátil, con los auriculares puestos y una expresión de concentración depredadora. Sus dedos volaban sobre el teclado, manteniendo el túnel VPN abierto mientras el software de distorsión de voz hacía su trabajo.
—No me cuelg