El líquido que burbujeaba suavemente dentro del matraz de vidrio borosilicatado no era del azul eléctrico y ominoso de la NeuroVita.
Era transparente.
Cristalino.
Tan puro como el agua de un manantial de montaña o las lágrimas de alguien que llora de alegría.
Elena Vargas ajustó las gafas de protección sobre su nariz y contuvo la respiración, observando cómo la solución alcanzaba el punto crítico de ebullición bajo la campana de extracción de gases.
No estaban en un sótano húmedo lleno de ratas