CAPÍTULO 103

El líquido que burbujeaba suavemente dentro del matraz de vidrio borosilicatado no era del azul eléctrico y ominoso de la NeuroVita.

Era transparente.

Cristalino.

Tan puro como el agua de un manantial de montaña o las lágrimas de alguien que llora de alegría.

Elena Vargas ajustó las gafas de protección sobre su nariz y contuvo la respiración, observando cómo la solución alcanzaba el punto crítico de ebullición bajo la campana de extracción de gases.

No estaban en un sótano húmedo lleno de ratas
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