El cielo de París comenzaba a teñirse con tonos cálidos. El azul oscuro de la noche se rendía poco a poco ante el oro pálido del amanecer. Las luces de la ciudad aún titilaban como estrellas tardías, pero en lo alto, desde la suite Imperial del Ritz, el nuevo día se sentía como una promesa.
Sofía abrió los ojos con lentitud. No supo cuánto tiempo había dormido, pero la paz que sentía no tenía medida. Lo primero que vio fue el suave resplandor que entraba por los cortinajes blancos, filtrando un