El silencio que envolvía el pasillo era casi irreal. Las luces tenues de la Residencia marcaban con sombras suaves los marcos de las puertas, pero no había rastro de ruido. Era tarde, más de lo que Sofía habría querido admitir. Las suelas de sus tacones resonaban con discreción sobre el mármol, y su pulso se aceleraba a cada paso que daba hacia el departamento que compartía con Naven.
Suspiró al detenerse frente a la puerta. Aún podía recordar la última canción que bailó. La risa de Catalina, l