El restaurante elegido por Catalina no era precisamente discreto. De grandes ventanales de vidrio, decorado con tonos ocres y maderas nobles, y con una terraza que permitía ver el vaivén elegante de las calles madrileñas, era el tipo de lugar donde uno podía perderse… o ser fácilmente encontrado.
Entonces, y apenas cruzaron el umbral, la anfitriona —una joven de moño impecable y sonrisa entrenada— las condujo hacia una mesa reservada junto a la ventana.
—Catalina de la Cruz como siempre, un pla