El avión descendió con suavidad sobre la pista iluminada, y apenas los neumáticos tocaron tierra griega, un suspiro inconsciente escapó de los labios de Sofía.
A través de la ventanilla, las luces de la ciudad parecían danzar con elegancia entre los contornos irregulares del paisaje. Grecia de noche era poesía. Las construcciones blancas, encaramadas sobre las colinas, reflejaban la luz de la luna como si fueran esculturas talladas en mármol. Y el mar, apenas visible a lo lejos, brillaba como