El reloj marcaba las 9:43 de la mañana cuando Sofía tomó la decisión de dejar de esperar. Algo en ella había cambiado. Ya no era la mujer que solo escuchaba, ahora estaba determinada a actuar. Naven estaba en la empresa desde muy temprano, y ella tenía unas cuantas horas.
Se colocó un abrigo liviano, tomó su teléfono, su bolso, y pidió a Inés que no dijera nada a nadie. “Voy a salir por algo importante”, le dijo con un susurro.
El auto la llevó hasta un café discreto en el centro de Madrid. C