La tarde caía sobre Madrid, y la Residencia Fort parecía cubierta por un silencio extraño, denso. Afuera, las nubes comenzaban a acumularse, y el viento soplaba con una promesa silenciosa de tormenta. Dentro de la casa, Sofía recorría con lentitud los pasillos, una mano en su pequeño vientre, la otra rozando las paredes como si buscara sostenerse en algo más que ladrillos.
La ansiedad la devoraba. Desde el desayuno, había notado algo más: Naven había derramado el café sin notarlo, se había que