El olor a barniz fresco y a sábanas almidonadas me golpea la nariz en cuanto doy el primer paso dentro del cuarto. No es el calabozo húmedo del sótano, pero las paredes blancas y la falta de decoración la transforman de inmediato en una prisión mucho más sofisticada y asfixiante. Mis pies descalzos se hunden en la alfombra gris mientras escucho el crujido sutil del traje de Adrián a mi espalda, una presencia imponente que irradia un calor helado que me eriza los vellos de la nuca.
–Esta será t