–Tienes razón, Adrián, me encanta el poder y la impunidad que otorga este monopolio ilegal, pero veo con absoluta claridad que lo estás perdiendo por aferrarte al fantasma de una cualquiera que ya te entregó a tus verdugos –escupen los labios de Irina con una soberbia desmedida, mientras entorna los ojos hacia el ventanal por donde Valeria acaba de desaparecer hace unos minutos. – Y te aseguro que si me meto en su cabeza, si bajo a esos sótanos y le cuento detalladamente lo que tú y yo hacemo