Días después
Son las siete de la mañana, por lo que bajo a desayunar, abro la puerta del comedor y el aire helado de la mansión Volkov me golpea el rostro, mientras Adrián, impecable en su traje oscuro, deja la taza de café con una brusquedad que hace vibrar la porcelana. Frederick, su mano derecha, anota algo en una tableta a su lado, ignorando mi presencia de la misma forma coreografiada de todos los días.
–Los informes de la frontera norte muestran pérdidas del diez por ciento –dice Frede