Adrián empuja la pesada puerta de hierro, que se abre con un quejido metálico que eriza la piel y Valeria, con el rostro manchado de polvo y lágrimas secas, levanta la mirada con el pulso desbocado, sintiendo cómo la silueta imponente del mafioso bloquea la única luz del pasillo. Sin pronunciar una sola palabra inicial, Adrián se acerca a ella con una parsimonia aterradora; sus manos enguantadas se mueven con precisión quirúrgica mientras desata las cuerdas de nailon que aprisionan los brazos d