Ragnar no tuvo tiempo de pensar.
Solo de reaccionar.
Scarlet se estrelló contra él con la fuerza de un terremoto, sus garras rasgando, sus mandíbulas buscando su garganta. Ragnar rodó, apenas esquivando, sintiendo sus colmillos rozar su hombro con suficiente fuerza como para rasgar piel.
—¡Artemis! —gritó, no atacando de vuelta, solo defendiéndose—. ¡Artemis, soy yo! ¡No soy tu enemigo!
Pero Scarlet no escuchaba. O no podía escuchar. Sus ojos eran oro sólido, sin rastro de reconocimiento, solo