El aire en la casa de Falco Valuare olía a cera antigua y secretos enterrados. Las paredes, cubiertas de retratos familiares con ojos despintados, seguían cada movimiento de Aisha como espectros celosos. El discípulo de Falco, un hombre de manos callosas y mirada de hielo, le arrojó las llaves al suelo:
—Haz lo que quieras —dijo, señalando el reloj de bolsillo de Falco que colgaba de su cuello, su tic-tac sincronizado con el latido de Aisha—. Pero si abres la puerta del sótano, lo que encuentres