Escena Post:
El invernadero abandonado susurraba con vida propia. Las grietas en los vidrios dejaban entrar la luz de la luna, pero la distorsionaban, proyectando sombras rotas sobre las paredes cubiertas de símbolos rituales grabados en sangre seca.
El aire olía a tierra húmeda, cenizas y un perfume dulce, empalagoso, que no pertenecía a este mundo.
En un rincón, una niña de camisón blanco manchado de tierra canturreaba en voz baja. Pero no cantaba por sí sola.
Sus labios se movían un instante