El silencio del matadero se rompe con el llanto desesperado que llega desde el teléfono.
No es Molly.
Es Edward.
Del otro lado de la pantalla, el anciano se ha inclinado hacia adelante, las manos temblándole mientras intenta hablar entre sollozos. Sus dedos arrugan la tela de su traje como si quisiera aferrarse a algo que ya se le escapa.
—¡Por favor! —suplica con la voz rota—. ¡Declan, por favor! ¡Te lo ruego!
Molly también llora, colgada de las cadenas que le aprietan las muñecas, el metal ti