Dos días y todavía siento que mis manos no están suficientemente limpias. No por el hecho de haber matado, eso lo asumí en el momento en que tomé la navaja, sino por el simple motivo de que sea la sangre de esa mujer. Me he lavado las manos tantas veces que la piel de mis dedos empieza a resentirse, áspera y enrojecida, pero el olor metálico sigue ahí, escondido en algún rincón de mi memoria, como si se hubiera impregnado en mi piel. Cada vez que cierro los ojos el recuerdo vuelve sin pedir per