Carlos aprendió que no todo silencio es vacío.
Durante mucho tiempo había asociado el silencio con omisión, con cobardía, con incapacidad de intervenir. En su vida anterior, callar era sinónimo de complicidad. Había aprendido a desconfiar del silencio porque sabía cuántas veces había sido utilizado para sostener lo injusto.
Ahora estaba descubriendo otra forma de callar.
Un silencio que no escondía.
Un silencio que no evitaba.
Un silencio que no se protegía a sí mismo.
—No todo lo que no digo es por miedo —pensó— Algunas cosas no necesitan ser dichas para existir.
Ese cambio fue lento. No ocurrió de un día para otro. Durante meses, Carlos se sorprendió a sí mismo buscando palabras donde no hacían falta. Frases que explicaran, que contextualizaran, que dieran seguridad a otros —y a él mismo—.
Había vivido demasiado tiempo en un mundo donde hablar era una forma de control.
Ahora debía aprender a soltar incluso eso.
El lenguaje había sido su herramienta más precisa. Co