Carlos tardó en comprender que lo más complejo no era irse.
Lo verdaderamente difícil era vivir después, cuando ya no había una historia clara que contarse a sí mismo. Durante años, su vida había estado sostenida por relatos funcionales: el del deber, el del cargo, el del sacrificio necesario, el del hombre que hace lo que debe aunque no siempre le guste.
Esos relatos habían ordenado el caos.
Le habían dado sentido al cansancio.
Le habían permitido tolerar contradicciones.
Ahora no estaban.
Y nadie los reemplazó.
Al principio, Carlos creyó que ese vacío sería transitorio. Que con el tiempo aparecería otra narrativa, otra causa, otra estructura que le devolviera orientación. Pero el tiempo pasó y eso no ocurrió.
No había una misión nueva.
No había un enemigo visible.
No había una épica posible.
Solo quedaba vivir.
Y Carlos no estaba acostumbrado a una vida sin argumento.
—¿Esto es todo? —se preguntó más de una vez— ¿Días que no avanzan hacia nada?
Esa pregunta no era desesperada. Era h