La voz resonó en el pasillo como un eco imposible, demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo.
Adriana se aferró a Carlos con un gesto que no buscaba protección, sino ancla. El aire descendió aún más en temperatura, como si la iglesia misma hubiera inhalado.
—Adriana… Ya era hora.
Carlos apuntó hacia la sacristía, la linterna temblando apenas en su mano.
—Muéstrate —ordenó, su voz más grave que nunca— Ahora...
Un silencio. Luego, un susurro suave, casi un murmullo:
—Ella sí p