La noche cayó sobre San Gregorio como un manto pesado. El aire olía a tierra húmeda, a raíces viejas… y a algo más: la sensación latente de que alguien estaba observando desde los rincones que el ojo no podía ver.
La iglesia abandonada del cerro se alzaba en la penumbra como un cadáver arquitectónico.
Años atrás había sido el centro del pueblo.
Ahora, solo era una ruina silenciosa que todos evitaban. Los grafitis cubrían parte de las paredes, y las ventanas rotas dejaban pasar el viento q