La noche cayó sobre San Gregorio como un manto pesado. El aire olía a tierra húmeda, a raíces viejas… y a algo más: la sensación latente de que alguien estaba observando desde los rincones que el ojo no podía ver.
La iglesia abandonada del cerro se alzaba en la penumbra como un cadáver arquitectónico.
Años atrás había sido el centro del pueblo.
Ahora, solo era una ruina silenciosa que todos evitaban. Los grafitis cubrían parte de las paredes, y las ventanas rotas dejaban pasar el viento que silbaba como un lamento.
Carlos y Adriana subieron el camino de tierra en silencio. No necesitaban hablar: todo estaba dicho. Todo estaba contenido en la forma en que sus manos se rozaron antes de separarse por seguridad.
Adriana estaba pálida pero caminaba con paso firme, como si cada latido la empujara hacia un destino inevitable.
Carlos avanzaba unos pasos delante, arma oculta bajo la chaqueta. Su cuerpo entero estaba en modo alerta. Cada sonido, cada sombra, cada soplo de viento era