El amanecer no trajo alivio.
La luz gris que comenzó a filtrarse entre los árboles del cerro no limpiaba lo ocurrido durante la noche; apenas lo volvía más real, más crudo.
La iglesia abandonada quedó atrás, pero el eco de los gritos, de la huida y de las palabras finales de Nicolás seguía adherido a la piel de Adriana como una marca invisible.
Carlos caminaba delante de ella, con el arma aún en la mano, atento a cada ruido. Había solicitado refuerzos, pero sabía que llegarían tarde. Nicolás no