El amanecer no trajo alivio.
La luz gris que comenzó a filtrarse entre los árboles del cerro no limpiaba lo ocurrido durante la noche; apenas lo volvía más real, más crudo.
La iglesia abandonada quedó atrás, pero el eco de los gritos, de la huida y de las palabras finales de Nicolás seguía adherido a la piel de Adriana como una marca invisible.
Carlos caminaba delante de ella, con el arma aún en la mano, atento a cada ruido. Había solicitado refuerzos, pero sabía que llegarían tarde. Nicolás no había huido. Había desaparecido con la precisión de alguien que llevaba años practicando ese momento.
—No hay rastro —dijo Carlos, regresando hacia ella después de revisar el perímetro por tercera vez— Ni huellas claras, ni sangre, ni señales de forcejeo.
Adriana abrazaba su propio cuerpo, temblando pese al abrigo.
—Porque no vino a pelear —respondió ella— Vino a… cerrar algo y cuando no pudo… cambió de objetivo.
Carlos la miró con atención.
—¿Qué te dijo exactamente, Adriana? Todo. Necesito sa