Capítulo 50

El amanecer no trajo alivio.

La luz gris que comenzó a filtrarse entre los árboles del cerro no limpiaba lo ocurrido durante la noche; apenas lo volvía más real, más crudo.

La iglesia abandonada quedó atrás, pero el eco de los gritos, de la huida y de las palabras finales de Nicolás seguía adherido a la piel de Adriana como una marca invisible.

Carlos caminaba delante de ella, con el arma aún en la mano, atento a cada ruido. Había solicitado refuerzos, pero sabía que llegarían tarde. Nicolás no
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