El tío de Nicolás vivía a las afueras del pueblo, en una casa que parecía suspendida entre dos tiempos: demasiado vieja para seguir en pie, demasiado terca para caerse.
Carlos estacionó el auto frente al portón torcido.
El viento movía las ramas secas, produciendo un sonido semejante a un murmullo.
Adriana bajó del auto con paso firme, pero su respiración aún estaba temblorosa.
—No me gusta este lugar —dijo ella.
Esteban se bajó del asiento trasero.
—A nadie le gusta pero él es la ú