El tío de Nicolás vivía a las afueras del pueblo, en una casa que parecía suspendida entre dos tiempos: demasiado vieja para seguir en pie, demasiado terca para caerse.
Carlos estacionó el auto frente al portón torcido.
El viento movía las ramas secas, produciendo un sonido semejante a un murmullo.
Adriana bajó del auto con paso firme, pero su respiración aún estaba temblorosa.
—No me gusta este lugar —dijo ella.
Esteban se bajó del asiento trasero.
—A nadie le gusta pero él es la única pista.
Carlos caminó hacia la puerta y golpeó tres veces.
Al principio no hubo respuesta.
Luego, una voz ronca, como si saliera de un pozo, dijo:
—Ya voy…
La puerta se abrió lentamente.
El hombre que apareció tenía la piel curtida, las manos huesudas, y unos ojos tan hundidos que parecía que el mundo le había sido retirado hace tiempo pero lo más inquietante era su calma.
Como si los hubiera estado esperando.
—¿Inspector Serrano? —preguntó él, sin sorpresa.
Carlos frunció