La casa del cabo Herrera quedó atrás como una sombra que se estiraba para seguirlos.
Aunque ya estuvieran fuera, aunque el aire fresco del exterior les rozara la piel, era como si la oscuridad de aquella casa se hubiera adherido a ellos… como un olor imposible de lavar. Como un presagio.
Carlos conducía sin hablar.
La carretera estaba vacía, serpenteando entre árboles resecos que parecían inclinarse hacia ellos como testigos silenciosos de algo que estaba por quebrarse.
Adriana viajaba