La casa del cabo Herrera quedó atrás como una sombra que se estiraba para seguirlos.
Aunque ya estuvieran fuera, aunque el aire fresco del exterior les rozara la piel, era como si la oscuridad de aquella casa se hubiera adherido a ellos… como un olor imposible de lavar. Como un presagio.
Carlos conducía sin hablar.
La carretera estaba vacía, serpenteando entre árboles resecos que parecían inclinarse hacia ellos como testigos silenciosos de algo que estaba por quebrarse.
Adriana viajaba a su lado, mirando por la ventana, pero sus ojos no veían el paisaje: veían la pared del cuarto infantil, los dibujos, los símbolos, el triángulo con los vértices marcados.
Ella.
Carlos.
Y el vacío.
Ese vacío era Nicolás.
Esteban, en el asiento trasero, limpiaba sudor de sus manos, inquieto, como un hombre que había visto demasiado para su propia paz.
Nadie dijo una palabra durante varios minutos.
Hasta que Adriana rompió el silencio:
—Carlos… él sabe todo. Lo ha sabido siempre.