Capítulo 38

El amanecer llegó con un frío punzante que parecía atravesar las paredes. Carlos no había dormido, y Adriana tampoco. Se quedaron en silencio la mayor parte de la noche, cada uno luchando con pensamientos que no sabían cómo decir en voz alta.

El departamento de Carlos estaba en penumbra, apenas iluminado por las luces de la calle.

La foto dejada por el desconocido seguía sobre la mesa, como una presencia ominosa que vigilaba cada movimiento.

Adriana estaba sentada en el sillón, con las piernas recogidas y los brazos rodeando su cuerpo.

Carlos, de pie, caminaba en círculos. No podía quedarse quieto. No después de ver que alguien había entrado a su casa sin dejar un solo rastro.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Adriana finalmente.

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