Carlos dejó caer la foto sobre la mesa con un golpe sordo, no podía hablar, no podía siquiera procesar la imagen frente a él.
Él, dormido. Inmóvil. Vulnerable. Fotografiado desde la penumbra de su propio dormitorio.
El desconocido había entrado, había estado allí, en su espacio más íntimo. Había respirado el mismo aire, caminado sobre el mismo piso, tal vez incluso lo había observado dormir por minutos… o por horas.
Era una violación silenciosa, perfecta, letal.
Adriana dio un paso hacia atrás.