Carlos dejó caer la foto sobre la mesa con un golpe sordo, no podía hablar, no podía siquiera procesar la imagen frente a él.
Él, dormido. Inmóvil. Vulnerable. Fotografiado desde la penumbra de su propio dormitorio.
El desconocido había entrado, había estado allí, en su espacio más íntimo. Había respirado el mismo aire, caminado sobre el mismo piso, tal vez incluso lo había observado dormir por minutos… o por horas.
Era una violación silenciosa, perfecta, letal.
Adriana dio un paso hacia atrás.
Su rostro, normalmente firme, mostraba algo extraño: miedo real, pero no miedo por sí misma, miedo por él.
—Carlos… —susurró, apenas audible.
Él levantó la foto con una lentitud casi ritual. Sus dedos temblaban.
—Estuvo aquí, dentro de mi casa, mientras yo… — No terminó la frase.
Dormía.
Sin defensas.
Sin armas.
Sin sospechas.
Adriana se acercó despacio y puso una mano sobre su brazo.
—Esto no fue para mí —dijo— Fue para ti — Carlos alzó la vista hacia ella.
Había rabia, sí pero también algo má