Capítulo 21

El reloj marcaba las ocho cuando Carlos estacionó frente al edificio de Adriana. No había acordado pasar por ella, pero sus conversaciones de los últimos días habían dejado el encuentro suspendido en el aire, como una promesa tácita.

Ella bajó puntual, envuelta en un abrigo color marfil y un perfume que a Carlos le recordó al jazmín mezclado con algo más profundo, algo que no lograba definir. Su cabello caía suelto, y en su rostro había una calma que él ya reconocía: la de alguien que aparenta controlarlo todo, incluso cuando el corazón late con fuerza.

—Pensé que no vendrías —dijo Adriana al abrir la puerta del auto.

—No podía quedarme en casa —respondió Carlos, mirándola de reojo mientras encendía el motor—. Tenía la sensación de que si no te veía hoy, no podría dormir.

Ella sonrió apenas, como si esas palabras fueran una caricia.

Condujeron en silencio durante unos minutos. La ciudad era un mosaico de luces difusas bajo la llovizna. Ca
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