Capítulo 18

Adriana amaneció con una sensación extraña: ligereza.

Había dormido profundamente, sin sobresaltos, sin imágenes de cuerpos inertes, sin el eco lejano de su madre susurrando advertencias en la oscuridad. Solo el sonido suave de la lluvia golpeando la ventana y el recuerdo, tibio y peligroso, de los labios de Carlos sobre los suyos bajo aquella lluvia obstinada días atrás.

Se quedó unos segundos mirando el techo, como si necesitara confirmar que todo seguía en su sitio. Su vida. Su fachada. Su control.

Y sin embargo, algo había cambiado.

Se levantó, caminó hacia la cocina con la familiar elegancia automática, pero cuando sostuvo la taza de café entre las manos, la rutina ya no se sentía igual. El café seguía siendo fuerte, sin azúcar. La casa seguía impecable, ordenada con obsesión. La ciudad, al otro lado del vidrio, seguía despertando con la misma indiferencia de siempre.

Pero ahora había un nombre que no lograba sacar de su mente.

Carlos.

Pensó en él apoyado en el marco de la puerta
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