Esa noche, la mansión de Montenaz se sumió en un silencio cansado. Los soldados descansaban en sus puestos, los heridos gemían en sus camas, y los que aún tenían fuerzas ayudaban en las reparaciones. Pero en la habitación de Aynara, la calma era diferente.
Bóreas cargaba a Uzziel, que dormía como un lirón. El pequeño heredero, sano y fuerte, ni siquiera con la mojadura del río se había enfermado. Parecía que nada podía con él.
Aynara iba por delante, caminando con paso firme, tratando de no mir