De vuelta a casa, los golpes comienzan a doler más. La adrenalina ya no está y, al cruzar la puerta, lo primero que hago es verla.
Sentada en la sala, con un libro entre las manos.
Nuestros ojos se encuentran. Me observa fijamente con gran sorpresa.
Su rostro es tan lindo... me cuesta admitir esta mierda, porque la empiezo a ver con agrado y no quiero.
—¿Qué te sucedió? —pregunta, dejándolo a un lado mientras se pone de pie.
—Nada que te importe. Sigue en lo tuyo —resoplo cansado.
—Ciertamente