Marco tenía el teléfono en la oreja. Sobre el cenicero dejó caer la colilla del cigarro, escuchando en completo silencio a la persona al otro lado de la línea.
Inhaló el humo y lo soltó lentamente. Con esa misma mano tomó el vaso y lo llevó a los labios. El ron bajó por su garganta como fuego líquido, dejando un ardor suave que se extendió por su estómago. No hizo mueca. Se quedó inmóvil, disfrutando del placer punzante que le provocaba.
—Lo entiendo —dijo con voz seca—. Te transferiré quinient