Vamos en el coche, camino a casa de Enzo, a dejar a mi mujer. Ella está seria; llevamos nuestras manos enlazadas. La miro de reojo, ya que voy pegado al teléfono.
Entonces la escucho llorar. Me jode que esté así.
—Te hablo más tarde, tengo algo que atender —cuelgo de inmediato.
La abrazo de repente, dándole besos en la cabeza.
—Si sigues llorando así, no podré resistir e irme —sonaré la nariz varias veces.
—Voy a estar bien. Es el embarazo —me dice, y sostengo su rostro entre mis manos.
—¿Y tú