La cargo, enrollando sus piernas en mi cintura, y su cabeza descansa en mi hombro.
—Prendan fuego a esta casa, con todos los cadáveres —las cámaras funcionaban mientras Emiliano entregaba a su hija. Después, dejaron de funcionar.
Ni recordaba mi herida en el brazo; ya ni siquiera dolía. En el jeep, acuesto a Sol. Ambos estamos solos. Le quito la ropa y la cubro con mi saco.
—¿Te sientes mejor? —el aire acondicionado está encendido y, aun así, ella tiene calor.
Sus pezones están duros y la piel,