Ashen no tocó el polvo oscuro que yacía en mi palma. Se inclinó, y sus ojos, extraordinariamente adaptados a la penumbra, examinaron la ínfima evidencia con una intensidad que pareció absorber toda la luz del cobertizo. El aire se volvió denso, cargado con el peso de nuestro descubrimiento. Podía sentir la energía de su concentración, la mente del cazador que no solo veía el rastro, sino que reconstruía a la presa, sus hábitos, sus debilidades.
Con un movimiento casi imperceptible de su cabeza,