Los días que siguieron a nuestro descubrimiento se convirtieron en un purgatorio de repetición y vigilancia. La luna, nuestra silenciosa aliada, menguaba en el cielo nocturno, un recordatorio constante de que el tiempo se agotaba, de que la noche del encuentro en el viejo roble se acercaba con una lentitud insoportable.
Nuestra vida en el cobertizo se asentó en una rutina brutal. Cada mañana, Greda nos despertaba con sus insultos, nos arrojaba nuestra comida y nos asignaba las tareas más degrad