No supe si fueron horas o solo minutos los que pasé sumida en la negrura del agotamiento, pero lo que me arrancó de ese abismo no fue un sueño ni una caricia.
Lo primero que percibí no fue un sonido ni una imagen, sino el dolor.
Sentí como un fuego agudo y desgarrador en mi costado que me despertó con una violencia brutal. Jadeé, un sonido áspero en la quietud de la cueva, y el simple acto de respirar envió una nueva oleada de agonía a través de mis costillas.
Abrí los ojos lentamente. La luz e