Habían pasado dos días desde la batalla con el oso, dos ciclos de una luna pálida y un sol débil que apenas lograban calentar la piedra de mi nueva guarida. El alivio inicial de haber encontrado refugio, un santuario oculto tras el velo rugiente de la cascada, se había agriado, desvaneciéndose para dar paso a dos realidades brutales e ineludibles: el dolor y el hambre.
La herida en mi costado era un sol de agonía, se sentía como un fuego constante y punzante que irradiaba un calor febril a trav