Escuché el golpe suave en mi puerta y mi corazón se detuvo por un instante antes de reanudar su ritmo con una calma forzada. Había llegado la hora. Me acerqué y abrí sintiendo que los latidos de mi corazón sonaban como tambores de guerra, y que todos podrían oirlos; pero no era más que mi imaginación. Lian, el joven omega, estaba de pie, pálido y temblando, sosteniendo la bandeja de plata como si fuera una brasa ardiente. Detrás de él, la figura imponente de Zander observaba cada movimiento.
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