A la mañana siguiente del envenenamiento, me desperté sintiendo que mi cuerpo era un campo de batalla. Sobreviví a la noche, pero la guerra entre el antídoto y el veneno había dejado sus secuelas. Una debilidad insidiosa se aferraba a mis huesos, y oleadas de náuseas me recordaban constantemente el riesgo que había corrido. La duda era un veneno en sí misma, carcomiendo mi certeza: ¿era esta la curación, o el lento avance de la muerte? Luché por controlar el pánico, mientras pensaba en todo eso