El día siguiente no trajo respuestas.
Trajo movimiento.
Umbra Lux despertó con una energía extraña, distinta a la del miedo inmediato o la euforia tras una batalla ganada. Era algo más inquietante: una actividad silenciosa, constante, como un hormigueo bajo la piel del territorio. Los lobos no corrían ni se ocultaban. Caminaban. Observaban. Hablaban en voz baja. Y, sobre todo, comparaban.
Nada había sido decretado.
Y esa ausencia de órdenes estaba empezando a sentirse como una decisión en sí mis