El eco de la puerta al cerrarse detrás de mí fue suave, casi respetuoso. Aun así, sentí cómo el sonido se me quedaba adherido al pecho, como si hubiera sellado algo más que una celda.
No respondí a la petición de Rheon.
No porque no la hubiera escuchado, sino porque responder de inmediato habría sido concederle algo que todavía no estaba seguro de merecer: la ilusión de que seguía teniendo derecho a exigir.
Avancé por el pasillo de piedra con pasos medidos. El aire allí abajo era frío, estable,