La biblioteca estaba casi vacía cuando Lucía cerró el último libro.
Había pasado horas revisando registros, fechas antiguas, nombres que no decían nada y otros que le dejaban un nudo en el pecho sin saber por qué. El olor a papel viejo seguía siendo el mismo de siempre, ese aroma que la hacía sentir segura… como si perteneciera a ese lugar más de lo que debería.
Suspiró.
Nada concreto.
Solo fragmentos.
Sombras de una verdad que se negaba a revelarse del todo.
Guardó con cuidado el cuaderno donde había anotado símbolos, fechas y referencias cruzadas. Antes de levantarse, pasó la mano por la madera de la mesa, como si se despidiera del anciano bibliotecario sin nombre que, incluso muerto, seguía guiándola.
—Te encontraré —murmuró—. A ti… y a todo lo que intentaron ocultar.
Tomó su abrigo y caminó hacia la salida.
El sol de la tarde comenzaba a descender, tiñendo los ventanales de un tono dorado suave. Cuando empujó la pesada puerta de la biblioteca y salió al exterior, el aire frío la e