La respiración de Lucía quedó atrapada en su pecho.
Eduardo avanzó hacia ella con pasos lentos, como si temiera que al moverse demasiado rápido, ella desapareciera. La luna lo bañaba con una luz pálida que hacía más evidente la sombra oscura bajo sus ojos, esa mezcla de ira contenida y algo más profundo… algo que dolía.
Lucía retrocedió un paso.
Él dio uno hacia adelante.
—Lucía —repitió, esta vez más bajo, más áspero—. Dijiste que te ibas.
¿A dónde?
Ella tragó saliva.
No podía decirle la verdad.
No ahora.
No cuando él era la pieza central de un secreto que podía costarle la vida.
—Necesito salir de aquí —susurró ella, evitando su mirada.
—¿Por qué?
Él estaba cerca. Demasiado cerca.
Tan cerca que Lucía sintió el calor de su cuerpo, el olor a deseo, a tormenta.
—No puedo explicártelo ahora.
Los ojos de Eduardo brillaron con frustración y algo parecido… ¿a miedo?
—No puedes o no quieres —dijo él, la voz tensa—. Porque son cosas distintas, Lucía.
Ella cerró los ojos por un instante, inte