Lucía no sintió el piso bajo sus pies mientras seguía a los guardias por los pasillos iluminados por antorchas. Todo era un eco distante, como si la vida se hubiera convertido en una pintura borrosa que alguien había sacudido demasiado fuerte.
El duque estaba muerto.
Muerto.
No debería estarlo.
No aquí.
No ahora.
No en esta parte de la historia.
Así no sucedía en el libro original.
En la novela que ella recordaba con claridad, el duque era un personaje clave hasta capítulos muy posteriores. Manipulador, sí. Siniestro, sí. Pero jamás moría tan temprano. Mucho menos de una manera tan silenciosa, tan inexplicable, tan convenientemente… oportuna.
Lucía caminó con el corazón golpeándole el pecho, como si quisiera escapar de ella.
Su respiración era irregular. Sentía las manos frías, los dedos rígidos. Y dentro de su cabeza… una sola idea repetida como un clavo que se hunde:
El destino se está rompiendo.
Y es por mi culpa.
—Mi lady —murmuró Alana con voz temblorosa—, tal vez es mejor que re