La noche aún no había terminado cuando Lucía llegó frente a la sala donde el príncipe Kevin atendía los asuntos del castillo. Había luz; él seguía despierto. Los últimos días habían trastocado a todos.
Lucía respiró hondo, aún sintiendo el eco de la confrontación con Eduardo. No quería pensar en eso ahora. No podía. Necesitaba resolver a lo urgente.
Tocó.
—Adelante —respondió la voz cansada de Kevin.
Alana la esperó afuera.
Lucía entró. El príncipe estaba sentado frente a un escritorio desordenado, la cabeza inclinada, el cabello rubio cayéndole sobre los ojos. Cuando la vio, su expresión se suavizó… y luego se tensó.
—Lucía… ¿a estas horas? —preguntó él, intentando sonreír, pero no lo logró del todo—. ¿Aún no duermes?
Ella negó, tragando saliva.
—Su alteza… necesito pedirle algo.
Kevin asintió, atento.
—Dime.
Lucía apretó sus manos, nerviosa.
—Quiero… irme. Regresar a la casa del duque.
Kevin se quedó inmóvil. No enfadado.
Una sombra pasó por sus ojos, como si algo dentro de él se