El camino se estrechaba a medida que avanzaban.
Lucía caminaba junto a Eduardo en silencio, dejando atrás el pueblo, el ruido, las miradas curiosas y las palabras que siempre parecían esconder algo más. Él había elegido ese lugar a propósito: una colina cubierta de hierba alta, desde donde se veía el río serpenteando a lo lejos y el bosque cerrándose como un refugio natural.
Allí, el mundo parecía detenerse.
—Aquí nadie nos escucha —dijo Eduardo finalmente, deteniéndose.
Lucía lo miró. Había al