El departamento estaba sumido en una penumbra tranquila, apenas interrumpida por la lámpara tenue que Clara había encendido junto a la cama. El reloj marcaba las cuatro de la mañana cuando ella se incorporó para comprobar la fiebre de Mateo una vez más.
El termómetro digital pitó: 38.9°. Clara suspiró, agotada, y mojó un paño con agua fresca para pasarlo por su frente. El calor de su piel era como un recordatorio doloroso de lo cerca que había estado de perderlo.
En el silencio de la habita